martes: convulsión

escuchame
yo tampoco sé decir
yo tampoco sé querer
pero en cambio
sé sentir
y a mi pesar
siento muchas cosas
que
como te decía anoche
quisiera que exploten

la combustión de un fósforo
al reventarse contra el oxígeno
ese es mi deseo

soy de metabolismo lento
pero
eso no significa
que soporte la consumación lenta
fatigosa
blanda
de las cosas
ansío el ardor
que no es más
que una equivalencia con el interior
porque
adentro mío
todo bulle
burbujea
todo busca abrirse paso hacia la superficie
se me eriza la piel de los brazos
me da taquicardia
se me seca la boca
la sangre se abre paso con virulencia
como un río de magma
la cabeza late
todo cobra una vida desesperada
es el ardor
es la combustión
a veces pienso que es la enfermedad
pero 
es
la preparación del cuerpo
para el devenir

jueves: te tengo que matar el nervio

Labuelo se duerme encima. Encima de la mesa se duerme Labuelo. Apoya la cabeza entre las manos y los ojos se le cierran de a poquito como a los gatos, y empieza un bamboleo involuntario del cráneo, un vaivén que es puro peso balanceándose, que va de atrás hacia adelante y de adelante hacia atrás en un movimiento ininterrumpido, circular, ligado.
Vuelvo en la bicicleta y se larga a llover. Los guardabarros plásticos no sirven para nada, pienso. Pedaleo, me embarro la espalda, los pantalones, pienso; los autos pasan por encima del asfalto mojado como si estuvieran probando el agarre de los neumáticos al suelo o como si llegaran tarde a alguna parte o como si yo no existiera o fuera impermeable.
El cajero automático me tragó la tarjeta. Es la primera vez que me pasa eso. Nunca antes el cajero me había tragado la tarjeta. Entre la garúa y el barro y el cajero angurriento alcanzo a ver una ligazón de circunstancias que desencadenarán en algo horroroso, estoy segura. Veo catástrofes en todas las señales. Veo señales en todos lados.
Hay algo que no me deja respirar con tranquilidad desde hace semanas, hay una mano que siento que me aprieta la garganta desde hace días. Otra señal. Me pregunto si es hambre o angustia. Es angustia, me respondo, porque en lo de Labuelo almorcé dos platos llenitos de ravioles con salsa bolognesa así que hambre-hambre no es. Es angustia. Es el trabajo que quiero dejar. Es la batalla contra lo cotidiano. En la batalla contra lo cotidiano siempre estás solo, porque quién te va a venir a dar una mano porque rompés en llanto cuando el cajero te traga la tarjeta o un auto que pasa a velocidad supersónica te salpica los pantalones. Es lo cotidiano. Lo cotidiano te caga a palos.
ULTRA LITERATURA DEL YO, LAS ALMAS SENSIBLES ME DISCULPAN POR FAVOR.
No podés escribir muy fuerte porque corrés el riesgo de romperte las manos y las manos son necesarias. Sirven para masturbarse y acariciar al gato, y llevar el alimento a la boca y abrazarse a uno mismo. Son más expresivas, a veces, que los ojos. Yo soy muy expresiva con los ojos. Si me estuviera riendo y me vieran sólo los ojos y no la boca, sabrían que me estoy riendo. Lo saqué de Labuelo eso de los ojos que se ríen. También a mi amiga la Vir se le ríen los ojos, me lo mostró la semana pasada. Me enorgullece mucho. A veces puedo reírme con las manos también, me revolotean en el aire como si no tuvieran peso sino una levedad y una premura y nada las atara a la ley gravitatoria, ni a los brazos siquiera. Mis manos pueden volar ágiles por el aire, como pájaros ir salpicando todo espacio con los dedos y reírse como si las uñas, que recién me están creciendo, fueran dientes. Y son parecidas, las uñas y los dientes, digo. Son verdaderamente parecidas. Algo semimuerto que se sale de la piel, de las encías. Bastante muerto en el caso de las uñas, algo muerto que se asoma por los dedos.
Me asombra, disculpen, es que yo nunca tuve las uñas largas y entonces cada vez que logro que mis manos se queden quietas un ratito puedo ver 1) cuánto me crecieron desde ayer, lo cual siempre siempre considero que es un montón y 2) qué raras que son las uñas, algo duro, amarillento y muerto, sobre todo muerto, pero que crece. Los dientes es distinto igual. Yo una vez le pregunté a mi odontóloga nueva por qué dolían los dientes, esos pedazos de huesos que se salen de las encías, si son pedazos de huesos. Y ella me explicó lo de los nervios que están adentro de los dientes. Me estaba haciendo un tratamiento de conducto. Te tengo que matar el nervio, me dijo. Yo soy un bicho curioso, todo pregunto, incluso en el dentista, con la boca toda abierta así a merced de un desconocido armado de jeringas y anestésicos. El caso es que los dientes no están muertos, me dijo mi odontóloga nueva, que es un amor porque no sólo me hizo doler (que es algo que a veces disfruto un poco porque el dolor físico, pienso, me hace sentir fuerte) sino que además se ganó mi corazón porque en la ficha donde tiene anotada mi historia clínica estampó una extraordinaria mancha de vino y ni siquiera disimuló: cuando fui a firmar vi ese color bordó encima de mis datos y pregunté, ¿les dije que pregunto todo?, y pregunté qué era eso. Es vino, me dijo tranqui mientras se sacaba los guantes de látex. Es vino, se me volcó el otro día acomodando las fichas. La quiero mucho desde entonces a mi odontóloga nueva.
El asunto es: las uñas estás muertas y crecen, los dientes están vivos y por eso duelen, y adivinen sobre qué me desasné: el pelo está muerto también. Las células del pelo que va creciendo están muertas, y crecen lo mismo. Lo muerto a veces tiene más empeño en crecer que lo vivo. Vivir con eso.
Tengo que acordarme cada vez que sienta que cualquier cosa inmanejable, como el pasado, se me cae encima. Estás muerto pasado, como el pelo y como las uñas, y lo mismo podés crecer. Ando con mi pelo, con mis uñas: re puedo andar con tu cadáver a cuestas. Con esta convicción de medio pelo iré mañana toda llorada a reclamarle al señor del banco si por favor no puede rescatar mi tarjeta que se me quedó atorada en el cajero.

lunes: no se me ocurre ningún título para esto

las plantas están pudriéndose a velocidades desproporcionadas. la primavera se atrasó y ahora les cayó de golpe y están siendo comidas por los bichos y maltratadas por la resolana. la lavanda tiene el tronco marchito y las últimas flores que echó son pequeñas y de un lila gastado; se tuercen bajo su propio peso, las ramas no las contienen. hay una enamorada del muro que iba creciendo en una maceta redonda pero se detuvo: debajo de las hojas más viejas hay manchas marrones como quemaduras de cigarrillos, y hace tres días descubrí sin sorpresa que las remolachas están apestadas. lo único que resiste es el jazmín, un brotecito verde brillante que parece mucho más hermoso porque está metido en una maceta de plástico negro de lo más ordinaria.
una imagen: yo de pie en el umbral de la puerta que da al patio, inmóvil, ni adentro de la casa ni afuera: en el umbral, bajo el marco de la puerta. todo se mueve o se pudre -una forma también de moverse-. intento no marearme.

sábado: acto de presencia

un día igual a otros días
brotó una mancha de humedad
por las paredes
por los rincones
zigzaguea reverdece
por los huecos más disimulados del zócalo burbujea
multiplicada
un ejército de hormigas floreció
como seta tras la lluvia
bordeando el ropero
y encima de la ducha se está formando
con la paciencia de un animal depredador
una estalactita
la casa está siendo tomada por monstruos
subterráneos
interiores


adentro todo está
tomando la forma de alguna forma
algo late tibiamente
suena el teléfono
nadie atiende

viernes: reciclé un poema y dejé de pensar que era para vos

de entre las cosas verdaderas
me quedo con mi sombra
el cielo de día
cruzado por pájaros como estrellas fugaces
la noche y el mar
en cambio
son mutantes
pero también me los quedo

mi sombra porque es verdadera
porque la tengo cosida a los pies
y es la referencia de que estoy
estoy encima

el cielo de día
porque es la referencia de que estoy
estoy abajo
(el cielo de la noche es
en cambio
un lobo a medio domesticar)

me quedo con las cosas verdaderas
para tener la certeza
de que existo
o de que por lo menos
soy
y soy algo que proyecta
por lo menos
sombra
bajo un cielo de día
por lo menos

del mar me quedo
con el vaivén infiel
que es desleal
pero coherente hasta la muerte
el mar nunca promete
el mal nunca promete
es claro y distinto
el mar vomita el mar vomita el mal
yo vomito el mal
yo soy el mar

quedarme con el cielo
mi sombra
de entre las cosas verdaderas
-no hay muchas y son breves-
me quedo conmigo frente al mar

entre las cosas verdaderas
me quedo
me quedo
me quedo

miércoles: polenta con pajarito

Labuela tenía un canario. Era gordo y amarillo como un cascote de polenta, y cantaba a gritos como un condenado al infierno. Polenta con pajarito, pensaba yo, un día lo voy a hacer polenta con pajarito. El bicho se movía nerviosamente adentro de una jaula que colgaba de la cocina, dando saltitos, y yo lo odiaba con toda la fuerza de mis ocho años.

Cuando Labuela se vino a vivir con nosotros se trajo todo y el canario. Se pasaba los días buscándome mugre en las orejas con manos temblorosas que saltaban como pajaritos, dando pasitos rápidos como los del pajarito, gritando como pajarito. Labuela, que supo alguna vez emparejarse para mí a un águila o a un cuervo, que supo tener una voz como trueno, estaba ahora cada vez más parecida al canario que instaló en la cocina, de la misma forma en que yo veía que doña Irma, la de enfrente, se iba transformando cada vez más en su perra, con su renguera y un cierto desgano al andar. Pero yo no sabía todavía qué quería decir eso.


Por las tardes cuando el sol bajaba Labuela salía con la jaulita a tomar el fresco al patio, y el canario le gritaba, y ella le hablaba dulcemente, y se olvidaba de revisarme las orejas.


Nuestro gozo era tapar la jaula con la tela de la tabla de planchar, desde que un primo que teníamos en el campo nos reveló esa navidad que los pollitos creen que es de noche cuando les apagan la luz, y duermen. Una siesta de enero probamos y funcionó. Mi hermano el mayor bajó la jaula, que sostenía mientras el del medio anudaba el trapo, y a mí, por ser el más chico, me mandaron a vigilar que los grandes no se vinieran de repente de la siesta. Anduvo.


Anduvo una vez y dos y tres veces. Era un riesgo porque cada vez que nos salía bien temíamos, primero, que nos descubrieran, y segundo, que nuestra suerte se echara a perder si la usábamos tanto, como las monedas que van gastando el brillo. Fueron días en que era un irse a dormir Labuela y un correr nosotros a tapar la jaula. Inmediatamente el placer, un silencio que caía manso y pesado sobre la siesta, nosotros tres a la sombra en el patio, acostados y satisfechos sobre las baldosas calientes, atentos al despertar de los mayores.


Ese verano fuimos un fin de semana a visitar a los parientes del campo. Labuela estaba desde hacía unos días en la casa de los tíos de Buenos Aires. Al volver el domingo por la tarde fuimos nosotros los que encontramos al bicho duro, seco en la jaula. Habíamos olvidado descubrirlo antes de partir: una noche de tres días le reventó el corazón. Al fin nuestra suerte se había terminado y era espantoso. Lloramos de culpa, pero no lo sabíamos, y nos parece que papá pensó que era de tristeza, porque compró enseguida otro canario. Cuando trajimos a Labuela de vuelta, ya mezclaba nuestros nombres y confundía a papá con un amigo muerto hacía años. Casi no registraba al canario, pero nosotros, por piedad, callábamos y aguantábamos los gritos.

miércoles: titular es traicionar

un poema vivo
como el mar
denso
oscuro
sibilante
un poema furia
como el mar
un poema como un animal
monstruoso
la lengua latiendo violenta
un poema caníbal


un poema que diga
que vi una estrella fugaz
que cruzaba
como un fuego
el cielo


un poema que no mienta
un poema que no traicione el pensamiento

viernes: un cuarto propio

"...el pasatiempo de medir es la más fútil de todas las ocupaciones; y someterse a los decretos de los que miden es la más servil de las actitudes. Lo único que importa es que ustedes escriban lo que desean escribir y nadie puede decir si tendrá importancia durante varios siglos o durante unas horas. Pero sacrificar un solo pelo de la cabeza de su visión, un solo matiz de su color, por deferencia a un Director que porta una copa de plata en la mano o a algún Profesor que esconde una vara de medir bajo la manga es la traición más abyecta"

virginia woolf

martes: mi corazón es como la selva

mi corazón es como la selva tropical húmedo cálido interior a veces sopla una brisa que es como el aliento suave del infierno y otras todo se bambolea de repente y la fuerza violenta de todas las cosas que están bajo la superficie arranca las raíces de la vegetación y la muerte está detrás de cada árbol retiene el aliento todo lo que está en el aire se detiene cada palmo de tierra es pegajoso hay un zumbido que pasa por encima y por adentro de cada espacio y la espera es interminable
todo late
mi corazón es una cosa viva

miércoles: mudanza (un poema de fabio morábito)

A fuerza de mudarme
he aprendido a no pegar
los muebles a los muros,
a no clavar muy hondo,
a atornillar sólo lo justo.

He aprendido a respetar las huellas
de los viejos inquilinos:
un clavo, una moldura,
una pequeña ménsula
que dejo en su lugar
aunque me estorben.
Algunas manchas las heredo
sin limpiarlas,
entro en la nueva casa
tratando de entender,
es más,
viendo por dónde habré de irme.
Dejo que la mudanza
se disuelva como una fiebre,
como una costra que se cae,
no quiero hacer ruido.
Porque los viejos inquilinos
nunca mueren.
Cuando nos vamos,
cuando dejamos otra vez
los muros como los tuvimos,
siempre queda algún clavo de ellos
en un rincón
o un estropicio
que no supimos resolver.

viernes: oración

si no tiene que ver con crear lenguaje
no me interesa

martes: epifanía y síntesis

lo bueno
si breve
dos veces breve

jueves: la marca y el camino

sé un testamento

ante todo
una libre voluntad

lunes: nota mental

no todo amor es un naufragio

también los muertos florecen

jueves: no poder dormir es también resistirse a morir un poco

no poder dormir
un mantra
un mantra
un mantra

pienso:
la cura por el insomnio
la cura por la palabra
pruebo:
digo: insomnio
(y estoy despierta)
digo: ahora
(y estoy mintiendo)
digo y las deshago
(ahora es siempre antes)
(el insomnio es siempre otra vigilia)

no hay tal cura entonces y
habrá que enloquecer o huir hacia la muerte
habrá que enloquecer
porque yo quiero
morirme de vida
y no
morirme de muerte
que la muerte llega
como suele llegar
pero yo la esperaré con los brazos abiertos
de flores nuevas y de vida
yo la voy a besar en la boca
yo le voy a pasar con la punta de mi lengua el hálito vital
yo la voy a desconcertar
hasta que la muerte sepa
que no es sino también vida

jueves: impro

este cuerpo que no es mío (mirarse las manos extrañada)
las venitas azules en la cara interna del brazo, un árbol infinito que desconozco, no son más mías que los ojos con que las miro 
que la boca con la que las beso 
que la lengua con la que me beso en la boca
una locura, como mirarse las manos
nada de este cuerpo es mío, ni los lunares ni el pelo ni los huesos de la cadera ni los latidos en el cráneo
ni siquiera lo que pienso: tampoco lo inmaterial me pertenece
las ideas y sensaciones no son más mías que el cuerpo que las contiene
ni este calor ni esta sed son míos 
la otredad que me habita no me habita en realidad
soy también la otredad
soy solamente la otredad
y detrás de eso qué, quién

martes: las bicis son como caballos

Después que le conté sobre el sueño de los peces-gatos en la olla Rocío me dijo que hay peces que son como gatos y yo pienso que las bicis son como caballos.
No hizo viento esta noche y pedaleamos fuerte. Andamos sin saber por dónde andamos pero sabiendo que llegamos, confiando en los zainos metálicos.

Al regreso en lo oscuro nos chocamos un albino. No fue culpa de nadie. No fue culpa nuestra porque nosotras recién estamos aprendiendo a andar juntas en bicicleta y un par de veces nos chocamos las manos y los manubrios, y yo pensaba pobres las manos de ella, que tiene mañana examen de piano y se las voy a romper contra el manubrio; tampoco fue culpa del albino porque él qué sabía que al salir de la casa iban a pasar dos en bicicleta bien pegadas contra la pared, hablando de bailarines, traumas causados por hermanos mayores y corcheas. Andábamos en la vereda porque yo propuse subir desde la calle: quería que Rocío me terminara de contar sobre el chico bailarín, y como estábamos ya enfrente a mi casa se nos iba a ir el tiempo sin que acabara la historia. Dije: demos vueltas a la manzana por la vereda hasta que termines de contarme. Los chicos que están tomando en la rambla y nos vieron pasar ya dos veces la van a limar, no van a entender nada, dije. Nunca más van a comprarle cerveza a la del kiosco de enfrente. El albino salió del medio de la noche en la primera vuelta y Rocío, que está aprendiendo a manejar con una sola mano, casi se lo choca. Lo suficiente como para que el albino se asustase pero dijese hola, en lugar de decir cuidado, o mentarnos nuestras respectivas madres. Hola, dijo. Tan dulce, tan amable. Creo que ella contestó buenas, él dijo que estaba todo bien, yo pedaleando grité al vuelo perdonanos y él agregó, cada vez más lejos, buenas noches, o un beso chicas, o algo así de gentil. Hubiéramos seguido hablando pero las bicis son como caballos, y doblamos en la esquina.

Veníamos de dar vueltas sobre una calle empedrada que bordea una plaza. En una esquina, contra un auto, un señor grande se estaba chapando una señora. Ella con la espalda contra el fiat, él encima, con los brazos estirados, encerrándola. Como tentáculos, dijo Rocío. Yo me acordé de cuando los varones te agarraban para bailar lento en los malones, la posición tiesa y medio zombie en que una pone los brazos para resguardar estúpidamente el plexo. ¿Viste al señor? Cuando yo sea una señora grande quiero que me sigan chapando como a los 20, dije. Yo también, hasta hay un manual de cómo dar besos mientras andás en bicicleta, dijo Rocío, y me explicó un poco, pero no mucho porque la avenida estaba llena de micros enormes como ballenas que se nos venían encima y no podíamos sincronizar el pedaleo.

Anduvimos casi dos horas. A ella le duele algo que se llama losabductores, a mí las piernas en general y me parece que se me rompió uno de los rayos de la rueda de atrás. Descubrimos que no sabemos para qué estan los rayos de una bici así que no me preocupé, cómo me voy a preocupar porque se ha roto algo que ni sabía que estaba.

Después fuimos a una verdulería, lo que es una mentira absoluta porque la verdad es que una verdulería vino hacia nosotras. Las bicis nos llevaron. Las bicis saben, dijo Rocío. Son como caballos, pensé. Estaban cerrando. Rocío pidió permiso y entró, y compró kiwis, duraznos y lechuga y zanahorias. Preguntó si era una granjita, porque había muchos chicos con collares y barba levantando los cajones y guardando las verduras en un camión. En mi mente ya estaban todos los chicos subiendo al camión, uno atrás cargaba una guitarra y se iban cantando a la granja a madrugar, mañana amasarían pan. En mi mente los chicos de la granja siempre madrugan y siempre que madrugan hay sol. Cuando el chileno se nos acercó, la chica de la caja asomó la cabeza afuera del negocio y me sonrió. Sonreía como una nena chiquita.

El chileno era muy delgado, no tenía más de veinte años, y se tocaba el pecho al hablar. Nos dijo somos poetas, somos artistas, somos músicos. Él tiene un cuarzo, dijo y señaló a uno. Es por la energía, le contesté. , dice, nos conectamos por el cuarzo, ¿entiendes? Yo me sentí medio estúpida porque me estaba comunicando por un teléfono celular, existiendo el cuarzo, así que guardé el teléfono y decidí prestar más atención. El del cuarzo tenía más barba que los demás y el pelo más largo, más oscuro y más enrulado, y estaba cargando un chango metálico con cajones de madera, pero cuando lo nombraron nos miró. Por la energía, creemos. La energía está en el cuarzo y también está en los ojos. Me estás chamuyando, dijo Rocío, pero cuando lo dijo se reía, yo la vi. No, no, tenemos una banda de música, somos poetas. La ayudamos a la chica con los cajones, nos da verduras. Esta noche tenemos una fiesta. Siempre a esta hora estamos por aquí cerrando, pasen chicas.

Entre nosotras dijimos después que íbamos a pasar haciéndonos las distraídas como quien no quiere la cosa, culpar a las bicicletas. Ellas nos trajeron hasta aquí, vamos a decir. Son tan dulces, ese acento, dijo Rocío. Una vez me enamoré de un chileno sólo por cómo hablaba, me dijo. Yo recordé que una vez besé un francés por el mismo motivo. Danos un acento, una neura, una tara, danos un trauma, danos algo que nos alimente y te besamos.

Las bicis son como caballos, el cuarzo es como la luz, los besos son como el aire y los gatos son como peces. En los sueños en que los gatos son peces, me dijo Rocío, en esos sueños a lo mejor está la clave. Nosotros, en la vigilia, nos decimos durante siglos que si tales equis son gatos ergo no son peces y viceversa. Dualizamos para compartimentar porque sino todo sería un caos enorme en el que un gato puede ser un pez y puede ser una runa maya y puede ser también el desengaño, pero entonces todo nuestro pobre sistema de creencias quedaría huérfano y no tendríamos dónde caminar a torpes pasos, nosotros mismos huérfanos gateando. La humanidad no tolera la orfandad porque entonces nunca podría erguirse orgullosa sobre sus dos patas, existen los dioses para solucionar esa falta. Pero a lo mejor, dice Rocío, es al revés y estamos ocultando que gatos y peces son uno y lo mismo. O dioses y hombres o puentes y pianos.

Las bicis son como caballos.

lunes: borradores y primogénitos

antes de que te detengas a pensarlo
estaremos bailando sobre nuestras tumbas
riéndonos de nuestros infortunios pasados
haciéndole muecas a la muerte
que ya no nos asustará
antes de que te pares a pensarlo
ya lo habrás pensado todo previamente
y si no lo has pensado
a quién le importa
brindaremos entonces porque podremos olvidar el olvido
olvidar el recuerdo
y olvidar por qué estamos brindando
porque la muerte
al final del cuento
no es nada más que otra cara
acaso más definitiva
de la risa y de la desmemoria

lunes: comienzos huérfanos y amputados


Lo que me dijeron una vez es que el problema es que yo tenía muchos comienzos. Muchos comienzos acumulados uno apilado encima del otro y que lo que me faltaba eran continuaciones y finales para ir apilando encima de los comienzos, en ese orden: primero sobre los comienzos las continuaciones correspondientes a cada comienzo y luego sobre las continuaciones los finales correspondientes a las continuaciones de los comienzos, que es como se suele estilar.
En realidad la multiplicidad de mis comienzos no fue señalada como un  problema sino que fue una observación algo a vuelo de pájaro, en medio de la conversación, pero me quedé pensando, y eso hizo de la observación un problema, si pienso que pensar es un problema, como pienso.
Esta semana lo que me dijeron es que el problema es otro y lo tengo yo y no está apilado en ninguna parte. Me dijeron que el problema es que pienso de manera compartimentada introducción-nudo-desenlace y que ahí realmente es donde se me echó todo a perder. Hubo una alegoría que ahora no recuerdo mucho sobre el final de los tiempos y la atomización de todo.
Todo incluye lo que quiero decir cuando quiero decir algo.
Así que ahora cada vez que se me ocurre un comienzo y lo anoto antes de que se me escape no me importa dejarlo ahí medio huérfano y abandonarlo a su suerte. El comienzo es en sí un todo y ya no una parte de algo, y bien se las puede arreglar si le pongo un punto final para que no se desabrigue o se sienta un poco amputado. También puede haber comienzos amputados si se me da la gana pero eso