miércoles: polenta con pajarito

Labuela tenía un canario. Era gordo y amarillo como un cascote de polenta, y cantaba a gritos como un condenado al infierno. Polenta con pajarito, pensaba yo, un día lo voy a hacer polenta con pajarito. El bicho se movía nerviosamente adentro de una jaula que colgaba de la cocina, dando saltitos, y yo lo odiaba con toda la fuerza de mis ocho años.

Cuando Labuela se vino a vivir con nosotros se trajo todo y el canario. Se pasaba los días buscándome mugre en las orejas con manos temblorosas que saltaban como pajaritos, dando pasitos rápidos como los del pajarito, gritando como pajarito. Labuela, que supo alguna vez emparejarse para mí a un águila o a un cuervo, que supo tener una voz como trueno, estaba ahora cada vez más parecida al canario que instaló en la cocina, de la misma forma en que yo veía que doña Irma, la de enfrente, se iba transformando cada vez más en su perra, con su renguera y un cierto desgano al andar. Pero yo no sabía todavía qué quería decir eso.


Por las tardes cuando el sol bajaba Labuela salía con la jaulita a tomar el fresco al patio, y el canario le gritaba, y ella le hablaba dulcemente, y se olvidaba de revisarme las orejas.


Nuestro gozo era tapar la jaula con la tela de la tabla de planchar, desde que un primo que teníamos en el campo nos reveló esa navidad que los pollitos creen que es de noche cuando les apagan la luz, y duermen. Una siesta de enero probamos y funcionó. Mi hermano el mayor bajó la jaula, que sostenía mientras el del medio anudaba el trapo, y a mí, por ser el más chico, me mandaron a vigilar que los grandes no se vinieran de repente de la siesta. Anduvo.


Anduvo una vez y dos y tres veces. Era un riesgo porque cada vez que nos salía bien temíamos, primero, que nos descubrieran, y segundo, que nuestra suerte se echara a perder si la usábamos tanto, como las monedas que van gastando el brillo. Fueron días en que era un irse a dormir Labuela y un correr nosotros a tapar la jaula. Inmediatamente el placer, un silencio que caía manso y pesado sobre la siesta, nosotros tres a la sombra en el patio, acostados y satisfechos sobre las baldosas calientes, atentos al despertar de los mayores.


Ese verano fuimos un fin de semana a visitar a los parientes del campo. Labuela estaba desde hacía unos días en la casa de los tíos de Buenos Aires. Al volver el domingo por la tarde fuimos nosotros los que encontramos al bicho duro, seco en la jaula. Habíamos olvidado descubrirlo antes de partir: una noche de tres días le reventó el corazón. Al fin nuestra suerte se había terminado y era espantoso. Lloramos de culpa, pero no lo sabíamos, y nos parece que papá pensó que era de tristeza, porque compró enseguida otro canario. Cuando trajimos a Labuela de vuelta, ya mezclaba nuestros nombres y confundía a papá con un amigo muerto hacía años. Casi no registraba al canario, pero nosotros, por piedad, callábamos y aguantábamos los gritos.

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