jueves: te tengo que matar el nervio

Labuelo se duerme encima. Encima de la mesa se duerme Labuelo. Apoya la cabeza entre las manos y los ojos se le cierran de a poquito como a los gatos, y empieza un bamboleo involuntario del cráneo, un vaivén que es puro peso balanceándose, que va de atrás hacia adelante y de adelante hacia atrás en un movimiento ininterrumpido, circular, ligado.
Vuelvo en la bicicleta y se larga a llover. Los guardabarros plásticos no sirven para nada, pienso. Pedaleo, me embarro la espalda, los pantalones, pienso; los autos pasan por encima del asfalto mojado como si estuvieran probando el agarre de los neumáticos al suelo o como si llegaran tarde a alguna parte o como si yo no existiera o fuera impermeable.
El cajero automático me tragó la tarjeta. Es la primera vez que me pasa eso. Nunca antes el cajero me había tragado la tarjeta. Entre la garúa y el barro y el cajero angurriento alcanzo a ver una ligazón de circunstancias que desencadenarán en algo horroroso, estoy segura. Veo catástrofes en todas las señales. Veo señales en todos lados.
Hay algo que no me deja respirar con tranquilidad desde hace semanas, hay una mano que siento que me aprieta la garganta desde hace días. Otra señal. Me pregunto si es hambre o angustia. Es angustia, me respondo, porque en lo de Labuelo almorcé dos platos llenitos de ravioles con salsa bolognesa así que hambre-hambre no es. Es angustia. Es el trabajo que quiero dejar. Es la batalla contra lo cotidiano. En la batalla contra lo cotidiano siempre estás solo, porque quién te va a venir a dar una mano porque rompés en llanto cuando el cajero te traga la tarjeta o un auto que pasa a velocidad supersónica te salpica los pantalones. Es lo cotidiano. Lo cotidiano te caga a palos.
ULTRA LITERATURA DEL YO, LAS ALMAS SENSIBLES ME DISCULPAN POR FAVOR.
No podés escribir muy fuerte porque corrés el riesgo de romperte las manos y las manos son necesarias. Sirven para masturbarse y acariciar al gato, y llevar el alimento a la boca y abrazarse a uno mismo. Son más expresivas, a veces, que los ojos. Yo soy muy expresiva con los ojos. Si me estuviera riendo y me vieran sólo los ojos y no la boca, sabrían que me estoy riendo. Lo saqué de Labuelo eso de los ojos que se ríen. También a mi amiga la Vir se le ríen los ojos, me lo mostró la semana pasada. Me enorgullece mucho. A veces puedo reírme con las manos también, me revolotean en el aire como si no tuvieran peso sino una levedad y una premura y nada las atara a la ley gravitatoria, ni a los brazos siquiera. Mis manos pueden volar ágiles por el aire, como pájaros ir salpicando todo espacio con los dedos y reírse como si las uñas, que recién me están creciendo, fueran dientes. Y son parecidas, las uñas y los dientes, digo. Son verdaderamente parecidas. Algo semimuerto que se sale de la piel, de las encías. Bastante muerto en el caso de las uñas, algo muerto que se asoma por los dedos.
Me asombra, disculpen, es que yo nunca tuve las uñas largas y entonces cada vez que logro que mis manos se queden quietas un ratito puedo ver 1) cuánto me crecieron desde ayer, lo cual siempre siempre considero que es un montón y 2) qué raras que son las uñas, algo duro, amarillento y muerto, sobre todo muerto, pero que crece. Los dientes es distinto igual. Yo una vez le pregunté a mi odontóloga nueva por qué dolían los dientes, esos pedazos de huesos que se salen de las encías, si son pedazos de huesos. Y ella me explicó lo de los nervios que están adentro de los dientes. Me estaba haciendo un tratamiento de conducto. Te tengo que matar el nervio, me dijo. Yo soy un bicho curioso, todo pregunto, incluso en el dentista, con la boca toda abierta así a merced de un desconocido armado de jeringas y anestésicos. El caso es que los dientes no están muertos, me dijo mi odontóloga nueva, que es un amor porque no sólo me hizo doler (que es algo que a veces disfruto un poco porque el dolor físico, pienso, me hace sentir fuerte) sino que además se ganó mi corazón porque en la ficha donde tiene anotada mi historia clínica estampó una extraordinaria mancha de vino y ni siquiera disimuló: cuando fui a firmar vi ese color bordó encima de mis datos y pregunté, ¿les dije que pregunto todo?, y pregunté qué era eso. Es vino, me dijo tranqui mientras se sacaba los guantes de látex. Es vino, se me volcó el otro día acomodando las fichas. La quiero mucho desde entonces a mi odontóloga nueva.
El asunto es: las uñas estás muertas y crecen, los dientes están vivos y por eso duelen, y adivinen sobre qué me desasné: el pelo está muerto también. Las células del pelo que va creciendo están muertas, y crecen lo mismo. Lo muerto a veces tiene más empeño en crecer que lo vivo. Vivir con eso.
Tengo que acordarme cada vez que sienta que cualquier cosa inmanejable, como el pasado, se me cae encima. Estás muerto pasado, como el pelo y como las uñas, y lo mismo podés crecer. Ando con mi pelo, con mis uñas: re puedo andar con tu cadáver a cuestas. Con esta convicción de medio pelo iré mañana toda llorada a reclamarle al señor del banco si por favor no puede rescatar mi tarjeta que se me quedó atorada en el cajero.

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